Cristal tallado. Bermellón. Un mantel de damasco, seis vasos alineados, un menú de ocho platos. Esto es lo que durante mucho tiempo hemos llamado pompa, hasta el punto de creer que esta palabra tenía una sola forma.
Tiene varios.
Porque la magnitud de una recepción no es una cantidad que podamos medir, sumar, clasificar. Es un idioma. Y como cualquier idioma, se habla de forma diferente según las culturas que lo utilizan. Lo que aquí dice magnificencia dice otra cosa en otra parte: lo que a uno le parece suntuoso puede parecerle pesado a otro, y lo que a uno le parece sobrio puede ser, para otro, el colmo del refinamiento.
En Japón, el colmo del lujo a veces se concentra en un solo cuenco. Una cerámica deliberadamente imperfecta, un gesto lento, un espacio casi vacío. Donde una corte acumula, una mesa ceremonial quita. El esplendor se expresa a través de la sustracción, a través del silencio alrededor del objeto, a través del tiempo dedicado a un solo gesto. Presentar este cuenco a un invitado acostumbrado al cristal y al oro no es ofrecerle menos. Le está hablando otro idioma de grandeza.
En otros lugares, en otras latitudes, el honor que se brinda al huésped no se ve ni en la porcelana ni en la sobriedad, sino en la generosidad. Una hospitalidad que se mide por lo que el anfitrión está dispuesto a dar, por la abundancia desplegada, por el café servido según un rito inmutable, por la modestia de quien recibe antes que a quien honra. Este lenguaje no conoce ni la moderación de uno ni el boato del otro; tiene su propia elocuencia, y nadie podría decir que pesa menos.

El malentendido comienza en el preciso momento en que comparamos.
Comparar una tabla con otra es traducir un poema a una lengua que no tiene sus palabras: siempre surge una falta, pero esta falta sólo existe en la traducción. La casa que se cree menos suntuosa porque su recepción no se parece a la de enfrente comete este error. Lee su propia grandeza en un léxico que no es el suyo y encuentra allí, inevitablemente, sólo un déficit imaginario.
Es cierto que algunas casas cuentan con palacios centenarios, orfebrería acumulada durante siglos de reinado, mientras que otras son jóvenes y, a veces, frágiles. Pero el palacio y la obra del orfebre no son grandeza: son una forma de ella, nacida de una historia particular. Su ausencia no priva a nadie de pompa. Sólo priva a un dialecto entre otros. Una casa sin castillo barroco no es una casa sin magnificencia; tiene otra gramática, que le corresponde a su administrador hablar con confianza.
Porque la madurez, en el encuentro de dos culturas, va en ambos sentidos. El que recibe no debe juzgarse por la medida del otro. Y el que es recibido no debe confundir una lengua diferente con una lengua inferior. El gran huésped, el verdadero, no pide ser como él: sabe que una mesa ajena le ofrece lo que ninguna mesa familiar podría darle: la entrada a un mundo que no es el suyo.
La sensación de esplendor, en verdad, nunca surge únicamente de la mesa. Nace de la mirada que lo lee.
Y el mayor conocimiento de la mayordomía, tal vez, sea poner la mesa en el propio idioma, sin jamás someterlo al diccionario de otro.




