En cada Palacio es el mismo hombre o la misma mujer: absolutamente todo depende de él y, sin embargo, él mismo no ejecuta nada. Es coordinador. A su alrededor gravitan numerosos expertos, cocineros, jardineros, técnicos, protocolo, seguridad, cada uno de ellos maestros de su campo, pero nada se organiza en el recinto sin pasar por su visión general y su raro talento de mantener unidos mundos profesionales que a veces no se comunican entre sí.
En el Palacio de Buckingham lo llaman Maestro de la Casa. \ En la Casa Blanca, se convirtió en Ujier jefe. \ En Madrid ostenta el título de Jefe de la Casa de Su Majestad el Rey, heredero lejano del Intendente General de Palacio del siglo XIX. \ En Moscú, el acto tiene lugar en el Управляющий делами Президента (Upravliaïushchi delami Prezidenta), el Director de Asuntos Presidenciales. \ En Tokio, es Gran Mayordomo al frente de 宮内庁 (Kunaichō), la Agencia de la Casa Imperial. \ En París es Intendente General. \ En Abuja, tiene el título de Secretario Permanente de la Cámara de Representantes. \ En Wellington, se convirtió en Secretario Oficial y director general de la residencia del Gobernador General.

¿Cuántos de nosotros somos exactamente? Si partimos de los ciento noventa y cinco países reconocidos por las Naciones Unidas, y tenemos en cuenta las monarquías con múltiples residencias, las presidencias con sus palacios de verano o provinciales, las casas principescas distintas de la casa real, podemos adelantar una cifra: alrededor de trescientos. Trescientas personas, repartidas por toda la superficie del globo, transportando exactamente esta carga. Algunos nos conocemos, la mayoría no nos conocemos, pero la regla no es la excepción, es el aislamiento.
Un aislamiento del trabajo, no de las circunstancias, condición casi necesaria para la actuación: ninguna otra mirada que la suya puede abarcar, al mismo tiempo, todo el sistema.
Es una profesión sin un nombre común. Cada uno de estos trescientos lleva una etiqueta diferente, moldeada por siglos de corte, revolución o reforma administrativa.
Ninguna asociación los une, ningún vocabulario compartido les permite reconocerse de un palacio a otro.
Y, sin embargo, bajo nombres tan lejanos, se ejerce precisamente la misma función y la misma exigencia: mantener el panorama general, seguir el ritmo de lo imprevisible, responder por un servicio cuyo fracaso se representa ante el mundo entero.
Esta dispersión de nombres dice algo esencial sobre la naturaleza de la profesión.
Nunca ha necesitado un título estable para existir, porque no vive de las palabras sino de la precisión del gesto.
Trescientas personas, en los cinco continentes, ejercen la misma disciplina silenciosa, cada una sola en su puesto, cada una indispensable para el suyo.
Es quizás la profesión más universal que jamás haya tenido un nombre universal, y la más rara que nunca haya buscado darse a conocer.



