En la noche del 25 de junio de 2024, en el salón de baile del Palacio de Buckingham, Carlos III recibe al emperador Naruhito y a la emperatriz Masako, la primera visita de Estado japonesa al Reino Unido desde 1998. Bajo las seis lámparas de araña, la mesa en forma de herradura brilla con el dorado de plata de Jorge IV. Pero el ojo perspicaz se detiene en otra parte: en los platos. Porque en una mesa real, la porcelana no acompaña la comida, sino que prepara el escenario. Un banquete de Estado se desarrolla en varios actos y cada acto tiene su servicio.
Acto I: la firma del Rey
El primer gesto es una firma. En el plato de pan, de porcelana blanca con bordes dorados, procedente del servicio de coronación de 1953, destaca, en el centro, un número real dorado: el “CIIIR” de Carlos III, presentado en septiembre de 2022. Donde hasta entonces estas piezas llevaban el “EIIR” de Isabel II, el nuevo rey coloca ahora el suyo propio, pacientemente regrabado, pieza por pieza, un proyecto iniciado desde los primeros banquetes del reinado. En la mesa donde recibió al emperador, Carlos III no se limitó a presidir: firmó. Incluso antes del primer servicio, el cubierto dice quién recibe y en nombre de quién reina.

Acto II - La turquesa de Victoria
Llega el postre y la mesa cambia de registro. Aparecen los platos con el borde turquesa del servicio Minton, encargado para la reina Victoria en 1877. El color, de repente, resulta atrevido. Este verde azul intenso, realzado con oro, transforma la cena del protocolo al placer: dejamos lo salado por lo dulce, el rigor por el placer. Casi siglo y medio después de su creación, estas piezas siguen en uso. Prueba de que en Buckingham los platos no se consumen: se transmiten.

Royal Collection Trust © Su Majestad la Reina Isabel II, 2013.
Acto III - aves exóticas
El postre (fruta, en el sentido real del término) requiere el servicio más poético de la casa: porcelana del siglo XVIII adquirida por Jorge IV, cada plato del cual está pintado con un ave exótica diferente. La comida termina en un aviario. Donde el plato forrado de oro hablaba del Estado y el Minton de celebración, los pájaros hablan de ensoñación: ahora cenamos en un jardín pintado y el esplendor se convierte en conversación. El invitado no sólo cambia de plato; cambia de atmósfera.
La partición de la placa.
Tres servicios, tres momentos, tres idiomas. Lo que el comensal toma por un simple cambio de platos es en realidad una partitura establecida desde hace mucho tiempo, donde la porcelana marca la emoción tanto como el menú. Sobriedad para sentar, color para deleitar, pintura para encantar: la mesa aumenta en intensidad a medida que una obra se eleva hacia su final.
Y detrás de cada pieza colocada, está el gesto. El valet de librea escarlata que ajusta al milímetro un salero nos recuerda lo esencial: estas porcelanas no son nada sin la mano que las encarga, ni sin los siglos de recolección y las semanas de preparación que las preceden. En la mesa de Carlos III, recibir a un emperador también significa saber qué porcelana se utiliza para qué y en qué momento preciso. La diplomacia se declara en los discursos. Está confirmado en la placa.



